Poemas

XXXXIII

Hablo de las personas que no nacen,

de lugares que aún no sobreviven,

de las excusas cuando se terminan.

Hablo de noes si al final asienten,

de las semillas cuando aún no hay surcos,

del vértigo si ya no hay precipicio.

Y me contestan luces sin penumbra,

nubes que nunca alcanzan a ser cielo,

árboles que no han dado nunca sombra.

Y me contestan playas sin arena,

parajes que aún nadie ha imaginado,

ideas que no tienen horizonte.

XXXXII

¿Quién nos enseña a respirar? ¿Quién teme

de nosotros lo justo para amarnos?

¿Quién no está y aún así nos contradice?

¿Quién me invita a cavar para enterrarme?

¿Quién deja que los años nos convenzan?

¿Quién me empuja a ponerme en tu lugar?

¿Quién me fuerza a reírme de mi mismo?

¿Quién no renuncia a pronunciar su sombra?

¿Quién amanece en el crisol de un muro?

¿Quién no florece en la estación de un beso?

¿Quién me emociona y precipita el día

por un abismo amable de gladiolos?

¿Quién? ¿Quién es el destierro? ¿Quién la noche?

XXXXI

Lo que tengo muy claro es que la sombra

de mi rostro no sabe responderme.

Lo que veo de lejos es que el mundo

no se detiene para estar conmigo.

Pero lo que imagino me redime,

y sale el sol al pronunciar tu nombre.

XXXX

La calle se parece al alma, solo

que no tiene los labios en el viento.

La gente se asemeja al cielo, solo

que no sabe que estoy siempre tan cerca.

Lo cálido es igual que el frío, solo

que no concibe la escasez del mundo.

XXXIX

Y es siempre un soliloquio de enterezas

que amanecen al fondo, en el recuerdo,

más allá de los nombres que no han sido,

siempre un bastión distinto en cada pausa,

cuando alzamos al cabo de los años

nuestra mirada henchida, nuestra cumbre

siempre a medio escalar, casi inminente,

en medio de las ráfagas de incógnitas

que se han posado alguna vez, vencidas,

alrededor de una emoción de sombra.

Y es entonces, al raso de una duda,

cuando al fin contemplamos lo que queda,

lo que ha sobrevivido al temporal,

al sorbo intermitente de la vida,

al caudal incesante, lo que esconde

nuestro núcleo tan llano y tan rocoso,

tan fugaz y tan falto de sentido,

contemplamos el ritmo inexorable,

el curso del estruendo, el rezo inmóvil,

el vaho en el crisol del universo.

Y suspiramos, como un mar oscuro.

XXXVIII

Hay algo en la llanura que soy yo:

Todo me iguala al horizonte y nada

es más o menos que el paisaje liso

que late en el final de mi conciencia.

Hay algo en la tormenta que eres tú:

No queda nada entre los charcos, todo

lo empapa ese sollozo inabarcable

que hemos hallado al fondo de los años.

¿A qué sabrá lo que nos falta? ¿Quién

nos contempla en silencio, sonriendo?

XXXVII

¿Qué enigma tiene aún que revelarse?

¿Qué secreto se acaba con la muerte?

¿Por qué estamos aquí? ¿Somos palabras

de una frase que nunca comprendemos?

¿A quién se le ha ocurrido convocarnos?

¿Es este inhóspito hemiciclo un día

tan solo, alguna tarde que fecunda

nuestros sentidos, faltos de eso oscuro

con que se nutre el ansia de lo vivo?

XXXVI

Soy el poema treinta y seis. No escojo

ser mas que el hábito, el paisaje, el aura

que descifre los labios de un instante.

Pero no sé quién habla… si el destino

o la esperanza de ser otro. Ahora,

no se repetirá nunca. Por eso

sigo arañando la quietud del día,

los niños divirtiéndose en la fuente

del parque, el brillo de la arena al sol…

Somos chispas en medio de lo oscuro.

Cualquier cosa que diga no será

nada que no revelen ya los trazos

de esta sed vespertina que nos unge,

este pañuelo de luz, esto insomne…

XXXV

Oigo el bullir de una ciudad despierta

en cada uno de nosotros, casi

sollozando en el borde de un comienzo

al recordar que todo nos acoge,

que incluso el sufrimiento es ya tan solo

esa parte del alba que logramos

divisar con el paso de las lágrimas.

Y amanece y respiro y la luz vierte

su manto de verdad sobre las cosas,

mientras seguimos siendo diminutos

en este océano que sigue y sigue.

XXXIV

Solo el viento conoce la respuesta,

el viento entre las ramas de los árboles.

Y mientras… vamos alumbrando el hilo,

la esquiva trayectoria de lo estéril,

hilvanando los días y las noches,

elucubrando acerca del sendero

que atravesamos con distinta suerte,

hilvanando las noches y los días,

como si alguna vez hubiese sido

mas importante nuestra vida exigua

que el viento entre las ramas de los árboles.