Poemas

XXXXIX

¿… y qué antigua poción, qué rito arcano

no disuelve en el ansia de vivir,

de alumbrar armonía en lo que somos,

sin mas penumbra que el saber que nada

nos ilumina mas que un día claro,

que una tarde ya extinta, que una noche

poblada por el canto de los grillos?

¿… y qué lívido umbral, qué risa oscura

hay que cruzar para empezar de nuevo,

para creer que hay algo tras la niebla,

tras el tosco mejunje de un instante

que sigue disgregándose, rugiendo

con sus ojos sin fondo, con sus fauces

hartas ya de escalar su propia cumbre?

XXXXVIII

Déjame que confiese lo que ignoro,

déjame que imagine lo que olvido,

déjame que despierte en tu paisaje.

Déjame diluirme en lo que esperas,

déjame que adivine tu sonrisa,

deja ya que me vuelque en tu mirada.

XXXXVII

En esta tierra nunca hay oleaje.

Solo el del viento y la llanura seca.

A menudo camino a tientas, entre

senderos desbocados, entre altares

que ha olvidado Dios hace ya algún tiempo,

y me pregunto cuánto hay de perdón

en lo que aramos, cuánto nos asiste

la culpa impenetrable en cada surco,

en cada ingratitud, en cada ocaso…

XXXXVI

Hay un vano en el llanto de la puerta,

hay una llama en el umbral prohibido

de una vela. Y hay siempre alguna pausa

más allá de los grillos que responde.

XXXXV

Hay que fijarse en el rincón sin ruido,

en la mancha, en lo frío, en lo que es último,

en lo que nunca puede ser de nadie.

Hay que fijarse en el portal sin gente,

en lo débil, lo extinto, lo incoloro,

lo que respira siempre sin saberlo.

XXXXIV

Nadie entiende el chillido de las aves,

el silencio infantil de los ancianos,

el golpe prematuro de la muerte.

Nadie entiende el propósito de un muro,

el comunismo gris de los insectos,

el devenir pacífico de un crimen.

Solo yo he comprendido tu elegancia,

el azul de tus ojos encendidos,

la paz clarividente de tu sombra.

Solo yo he comprendido tu horizonte,

lo frágil de la brisa y la llanura,

los perennes vestigios de tu alma.

XXXXIII

Hablo de las personas que no nacen,

de lugares que aún no sobreviven,

de las excusas cuando se terminan.

Hablo de noes si al final asienten,

de las semillas cuando aún no hay surcos,

del vértigo si ya no hay precipicio.

Y me contestan luces sin penumbra,

nubes que nunca alcanzan a ser cielo,

árboles que no han dado nunca sombra.

Y me contestan playas sin arena,

parajes que aún nadie ha imaginado,

ideas que no tienen horizonte.

XXXXII

¿Quién nos enseña a respirar? ¿Quién teme

de nosotros lo justo para amarnos?

¿Quién no está y aún así nos contradice?

¿Quién me invita a cavar para enterrarme?

¿Quién deja que los años nos convenzan?

¿Quién me empuja a ponerme en tu lugar?

¿Quién me fuerza a reírme de mi mismo?

¿Quién no renuncia a pronunciar su sombra?

¿Quién amanece en el crisol de un muro?

¿Quién no florece en la estación de un beso?

¿Quién me emociona y precipita el día

por un abismo amable de gladiolos?

¿Quién? ¿Quién es el destierro? ¿Quién la noche?

XXXXI

Lo que tengo muy claro es que la sombra

de mi rostro no sabe responderme.

Lo que veo de lejos es que el mundo

no se detiene para estar conmigo.

Pero lo que imagino me redime,

y sale el sol al pronunciar tu nombre.

XXXX

La calle se parece al alma, solo

que no tiene los labios en el viento.

La gente se asemeja al cielo, solo

que no sabe que estoy siempre tan cerca.

Lo cálido es igual que el frío, solo

que no concibe la escasez del mundo.